28 agosto, 2007

Elle...

Tras las sábanas asomó su rostro saludablemente cadavérico un lunes de sol pálido, recién nacida de un indescriptible sueño. Vivía sola en un semisótano que había pertenecido a una abuela suya de apellido extranjero y con fama aún después de muerta, de mujer de conducta dudosa.
Así pues, resultaba que la lista de sus pertenencias se reducía a un negro piano de cola, que ni siquiera cuidaba, so pretexto de que el piano tenía el mismo derecho que ella a envejecer y a morir algún día. Reconozco que en más de una ensoñación la vi durmiendo encima de él, con un camisón varias tallas más grande, dando vueltas nerviosa, como buscando una suavidad y calidez que la madera esmaltada nunca ha tenido ni tendrá.
Una vez se confesó enamorada de la mano derecha de Chopin, ya que según su parecer, enamorarse de las dos era inabarcable hasta el absurdo. Fue la única ocasión en la que siquiera rozó el amor como tema de conversación.
Yo, que hacía varias semanas me había ganado el privilegio de ser su vecino, estaba lejos de imaginar que esta semana que hoy comenzaba terminaría con un sutil beso con reminiscencias de flores de tallo seco...

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